28 abril 2015

Los padres las visten como putas

Cómo sabía yo que esta niña tenía 10 años? ¿Cómo podía yo saberlo? La culpa es de los padres, que las visten como putas». Es una frase ya clásica del humor negro ibérico que sería, por ejemplo, inconcebible en Estados Unidos, o incluso en la cada día más políticamente correcta España. Pronunciada por Santiago Segura en su papel de político pedófilo, es una más de las joyas de la película Airbag, de Juanma Bajo-Ulloa, que en su época fue la más taquillera de la historia del cine español.

Desde el 3 de abril pasado, sin embargo, un grupo de chicas ha decidido asumir plena responsabilidad de su vestimenta. No es que sus padres las vistan «como putas». Es que ellas están orgullosas de vestirse como «guarras» (sluts, en los países anglosajones) y, en los hispanohablantes, como México y Nicaragua, directamente, como «putas». Y, para dejarlo claro, se manifiestan. 

Son las Slut Walks, manifestaciones de mujeres que visten ropa que podría considerarse como provocadora contra el acoso sexual y corean eslóganes de la talla de «Alerta, alerta que camina, la Marcha de las Putas por América Latina», como fue el caso del evento en el que tomaron parte varios cientos de mujeres, niñas -y también algunos hombres- en la manifestación del domingo pasado en Ciudad de México.

Por ahora, ya hay 11 países en los que ha habido al menos 42 Slut Walks. Sólo en Canadá, donde nació el fenómeno, ya llevan ocho. En EEUU, unas 20. Hay incluso una convocada en Bishkek, la capital de Kirguistán, una ex república soviética situada entre China, Tayikistán, Uzbekistán y Kazajistán.

Todo empezó por una frase similar a la de Airbag. Fue el 24 de enero, en una charla sobre seguridad y delincuencia en la Escuela de Derecho Osgodee, en la Universidad de York, en Toronto (Canadá). Apenas había 10 personas en el aula escuchando a un policía hablar cuando, por alguna razón, al agente Michael Sanguinetti se le cruzaron los cables: «Mirad, creo que estamos mareando la perdiz. Me han dicho que no lo diga, pero las mujeres no deben vestirse como guarras si no quieren que las maltraten».

El comentario de Sanguinetti fue el detonante de las Marchas. El agente se ganó una sanción, y dos jóvenes de Toronto -Sonya Barnett y Heather Davis- convocaron la primera autoproclamada Marcha de las Guarras a través de Facebook para el 3 de abril frente a la comisaría de Policía de Toronto. En total, 1.700 personas de ambos sexos se apuntaron a través de internet. Pero el día de la manifestación acudieron casi el doble. Las Marchas acababan de nacer. La idea era muy simple: vestir -o ir casi desvestidas- no es provocar.

Pero, aunque Barnett y Davis se han declarado «encantadas» con el éxito de su iniciativa, ésta no salió como habían planeado. «No esperamos que la gente venga con tacones de aguja ni nada por el estilo», declaró Barnett al diario Toronto Observer. Se equivocó. El domingo 3 de abril una buena parte de las asistentes a la manifestación vestía minifaldas y tacones.

A medida que las marchas se han ido extendiendo hacia climas más cálidos, y que la primavera ha ido progresando, las Marchas de las Guarras han ido perfeccionando un cierto tipo de uniforme, basado en ponerse en ropa interior, o vestir camisetas con los mayores escotes posibles, o microminifaldas, mientras se portan pancartas con eslóganes que reivindican el derecho de las mujeres a vestir como quieran sin que eso se considere una invitación a la agresión sexual.

Lo cual a su vez muestra la hipersexualización de la vida diaria. Y, para algunas feministas, cómo la estética de la pornografía y de la prostitución se ha acabado entremezclando con la sexualidad de las mujeres del siglo XXI. Como ha escrito la profesora de la Universidad de Wheelock Gail Dines, autora del libro Pornland, en el que ataca a la industria de la pornografía, «las imágenes del porno no se encuentran en esos materiales que llamamos pornográficos. Han emigrado hoy a la cultura popular. Bien sea [la cantante] Miley Cyrus en la revista Elle abierta de piernas y vestida con estética sadomaso o la revista Maxim con un reportaje de Las doce mejores estrellas del porno, estamos inundados con imágenes, mensajes e ideologías que promueven el porno».

Las Marchas de las Guarras se han convertido, para algunas feministas, no en un símbolo de liberación, sino en todo lo contrario: en una señal de la cosificación de las mujeres. Este mismo año, un grupo de estudiantes varones se manifestaron en el campus de la ultraexclusiva Universidad de Yale después de una juerga al grito de «"No" es "sí"; "sí" es sexo anal», en referencia a sus reacciones ante la actitud de las chicas cuando les proponen tener relaciones sexuales.

Así, la estética del porno, que a su vez es en muchos casos heredera directa de la de la prostitución, ha acabado copando toda la cultura, hasta tomar al asalto el feminismo. Y distorsionando de paso las actitudes sexuales de mucha gente. Como dijo en 1963 el escritor Nelson Algren, «Playboy no vende sexo, vende una forma de escapar del sexo». Esas imágenes sexualizadas pero sin sexo son las que se han convertido en la forma de vestir que reivindican las Slut Walk. Desde que Britney Spears logró imponer una estética de slut, es virtualmente imposible que una cantante o actriz logre el éxito sin vestirse o actuar -a veces, literalmente, como en el último vídeo de Shakira- como una stripper o una prostituta.

Hace cuatro años la venerable revista The Atlantic Monthly explicaba ese fenómeno analizando las revistas eróticas de EEUU. Así, Playboy explicaba a un lector en 1971 que sus dudas acerca de la honestidad de casarse con su novia, a pesar de que ésta tenía los pechos más pequeños de lo que a él le gustaba «no es una cuestión de honestidad, sino de madurez. Un matrimonio es algo más que la suma de las partes anatómicas, y depende del respeto, de la compatibilidad y del amor». En 2007, sin embargo, FHM se arrancaba con titulares del estilo «Ahora alguien puede montar a algo más idiota que tu hermana».

En todo caso, el fenómeno lanzado por Barnett y Davis tras el comentario del agente Sanguinetti tiene un sentido claro: a muchas chicas hoy no las viste nadie «como putas». Se visten ellas solas.

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